Para Ulises, el mar Mediterráneo era un mundo de peligros, amor y destino. Desde monstruos de seis cabezas hasta sirenas cautivadoras y dioses impredecibles, cada isla en su viaje de regreso a casa traía consigo una nueva aventura.

Más de 2500 años después de que se relatara por primera vez la epopeya de Homero, La Odisea, del director Christopher Nolan, ha llevado este viaje a las grandes pantallas de todo el mundo. Pero más allá de la espectacular narrativa cinematográfica hay otro protagonista que atraviesa una odisea propia: el propio mar.

Desde los tiempos de Homero, el Mediterráneo ha sido mucho más que una hermosa extensión de agua. Situado entre África, Asia y Europa, ha funcionado como una vía que conecta ciudades, civilizaciones y rutas comerciales. También ha proporcionado alimentos y medios de vida y ha ocupado un lugar central en la cultura, la espiritualidad y la difusión de ideas.

Con más de 500 millones de personas viviendo actualmente en sus costas, además de unas 25 áreas metropolitanas costeras, la importancia del Mediterráneo no ha hecho más que crecer. Hoy sustenta enormes industrias como la pesca, el turismo y el transporte marítimo —alberga algunas de las rutas marítimas más transitadas del mundo—, además de un número creciente de otras actividades.

También constituye un extraordinario tesoro ecológico. Aunque representa apenas el 1% de la superficie oceánica mundial, alberga hasta el 18% de todas las especies marinas conocidas, y más de una cuarta parte de ellas no se encuentra en ningún otro lugar del planeta.

Padreas submarinas

Las praderas submarinas de Posidonia oceánica, una planta marina endémica cuyo nombre hace referencia al dios griego Poseidón y que también se conoce como hierba de Neptuno, cubren más de 1,2 millones de hectáreas. Proporcionan hábitat a numerosas especies marinas, capturan carbono y contribuyen al ciclo de nutrientes. Los ecosistemas costeros, como marismas, humedales y dunas, protegen los aproximadamente 46.000 kilómetros de costa mediterránea y a sus comunidades frente a la erosión y las tormentas. Estos paisajes proporcionan alimentos, agua, empleos e identidad, pero están sometidos a una presión cada vez mayor.

Los nuevos monstruos del Mediterráneo

Cada día entran en el Mediterráneo unas 730 toneladas de residuos plásticos, gran parte de ellos transportados por los ríos. Cada año, estos vierten al mar hasta unos 925 millones de objetos flotantes, de los cuales alrededor del 82% son de plástico. Los productos de plástico de un solo uso representan además más del 60% de los residuos encontrados en las playas mediterráneas.

Las aguas residuales, los productos químicos industriales, la escorrentía agrícola y los contaminantes procedentes de los barcos también afectan las aguas del Mediterráneo, junto con amenazas más recientes como los residuos farmacéuticos, los microplásticos, los aditivos plásticos y el ruido submarino que perturba a la fauna.

Como muestran las recurrentes olas de calor de cada verano, la región mediterránea se está calentando un 20% más rápido que el promedio mundial. Este fenómeno, combinado con los cambios en las precipitaciones, el aumento del nivel del mar y la acidificación de los océanos, intensifica las amenazas de sequías, incendios forestales, inundaciones, erosión y escasez de agua.

La extraordinaria biodiversidad del mar —que incluye tortugas bobas, delfines listados, peces espada, pulpos y la poco común foca monje del Mediterráneo, entre muchas otras especies— también está disminuyendo a medida que la construcción, la contaminación y diversas industrias alteran y dañan sus hábitats. A medida que escasean los grandes peces depredadores, los pescadores capturan cada vez más especies pequeñas situadas en niveles inferiores de la cadena alimentaria, alterando así la red trófica. Las especies no autóctonas también desplazan a la fauna nativa cuando llegan a través del transporte marítimo, la acuicultura y otras actividades.

Estos desafíos suelen reforzarse mutuamente. Los ecosistemas costeros degradados ofrecen menos protección frente a tormentas e inundaciones. El aumento de la temperatura del agua puede facilitar la propagación de especies invasoras y afectar a la biodiversidad y los ecosistemas nativos. El turismo irresponsable genera cada vez más residuos y aumenta la presión sobre hábitats frágiles. Mientras Ulises se enfrentaba generalmente a sus monstruos uno por uno, los “villanos” del Mediterráneo actual actúan conjuntamente, erosionando la salud general de la región.

Un plan de acción para el Mediterráneo

Afortunadamente, el mar también tiene un aliado: el Plan de Acción para el Mediterráneo del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA/PAM). Creado en 1975, fue el primer plan de acción regional establecido en el marco del Programa de Mares Regionales del PNUMA, que actualmente reúne a 145 países para proteger los mares y océanos del planeta. En 1976, los países mediterráneos adoptaron el Convenio de Barcelona, que constituye el principal marco jurídicamente vinculante de la región para proteger el medio marino y costero. 

Veintiún países mediterráneos y la Unión Europea trabajan conjuntamente a través del PNUMA/PAM y el Convenio de Barcelona. Mientras que los protocolos tienen carácter vinculante en el marco del Convenio, el PNUMA/PAM ayuda a los países a acordar normas comunes, vigilar la salud del mar y convertir los compromisos regionales en medidas nacionales.

Para ello, apoya a los países en la reducción de la contaminación por plásticos y sustancias químicas, la mejora de la gestión de las aguas residuales y la preparación ante posibles amenazas, como los derrames de petróleo. Un plan regional para prevenir y gestionar la basura marina, adoptado en 2013 y actualizado en 2021, fue el primer marco jurídicamente vinculante de este tipo y comprometió a las partes a reducir y eliminar los residuos marinos e incorporar enfoques de economía circular.

El PNUMA/PAM también respalda las áreas marinas protegidas y los planes de acción destinados a preservar la biodiversidad y los hábitats amenazados (incluidas las praderas de Posidonia oceanica), promueve la restauración de ecosistemas degradados y ayuda a los países a identificar y controlar las vías de entrada de especies invasoras. En el marco del programa se han establecido áreas especialmente protegidas que abarcan más del 8% del Mediterráneo, así como planes de protección específicos para determinadas especies, entre ellas la foca monje del Mediterráneo.

A medida que aumentan las temperaturas y los riesgos climáticos, el PNUMA/PAM también asesora a los países sobre una planificación costera inteligente, centrada en restaurar y mantener en buen estado defensas naturales como dunas y humedales. Asimismo, su trabajo sobre producción y consumo sostenibles, turismo, puertos y planificación espacial marina busca ayudar a las economías mediterráneas a crecer al mismo tiempo que protegen los ecosistemas que han sustentado la prosperidad de la región desde la Antigüedad.

A diferencia del regreso de Ulises a su hogar en la isla de Ítaca, el Mediterráneo no tiene un único destino al final de su odisea. Pero sí existe una visión clara sobre el futuro que se busca para este mar. “Lo que perseguimos es un mar sano y próspero, cuya magnífica vida silvestre, sus ecosistemas y sus industrias puedan sostener de manera sostenible a los millones de personas de numerosas culturas que consideran esta región su hogar”, afirmó Tatjana Hema, coordinadora del programa.

Source of original article: United Nations (news.un.org). Photo credit: UN. The content of this article does not necessarily reflect the views or opinion of Global Diaspora News (www.globaldiasporanews.net).

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