Tradicionalmente, el poder naval se medía por el tonelaje de los buques, el grosor de su blindaje y el alcance de sus misiles. Esa época toca a su fin. En la era de los drones autónomos, los ciberataques y los buques no tripulados, la inteligencia artificial está transformando la seguridad marítima y trastocando las relaciones de fuerza entre países. Este jueves, el Consejo de Seguridad de la ONU abordó una revolución tecnológica que promete proteger mejor los océanos, al tiempo que los expone a amenazas inéditas.
Ahora, un dron autónomo puede amenazar a un buque de guerra que cuesta miles de millones de dólares. Un algoritmo puede localizar a un petrolero clandestino entre miles de embarcaciones. Y un ciberataque puede paralizar un puerto sin que se dispare un solo tiro. “El arma decisiva de la próxima década no será un misil hipersónico”, lanzó el periodista y ensayista estadounidense Fareed Zakaria al inicio del debate. “Será el algoritmo”.
El diagnóstico supera con creces los desafíos militares. Más del 90 % del comercio mundial de mercancías transita por los mares, mientras que los cables submarinos transportan más del 99 % de los datos intercambiados entre continentes. Una dependencia colosal de infraestructuras tan indispensables como vulnerables.
¿El fin de los buques invisibles?
Para Zakaria, la IA podría revolucionar primero la vigilancia marítima. Hoy, los operadores deben cruzar información procedente de radares, sonares, satélites y sistemas de seguimiento comercial. Una masa de datos en la que las actividades sospechosas pueden desaparecer fácilmente. Los buques que transportan clandestinamente petróleo sujeto a sanciones o practican la pesca ilegal disponen de una artimaña rudimentaria: desactivar su transpondedor para escapar de los sistemas de localización.
La IA cambia las reglas del juego. Al cruzar imágenes satelitales, firmas térmicas, condiciones meteorológicas y últimas posiciones conocidas, puede identificar comportamientos sospechosos, incluso cuando un buque intenta desaparecer de los radares.
Esta capacidad de detección se acompaña de una transformación más profunda de las flotas militares. Los buques no tripulados, menos costosos y capaces de permanecer en el mar durante meses, podrían multiplicar las capacidades de vigilancia sin movilizar a más marineros. Pero esta revolución tiene su reverso. Las mismas tecnologías permiten a grupos armados con medios limitados amenazar a buques mucho más poderosos. Tanto en el mar Rojo como en el mar Negro, los conflictos ya han demostrado la importancia creciente de los drones marítimos y de los sistemas teledirigidos.
Buques convertidos en ordenadores flotantes
La otra amenaza es menos espectacular, pero potencialmente devastadora: el ciberataque.
“Un buque comercial del siglo XXI es un sistema de sistemas hiperconectado, un centro informático flotante”, resumió Michail Bletsas, especialista griego en ciberseguridad, ante el Consejo.
Según un estudio publicado en septiembre por Honeywell, el 87 % de los responsables encuestados en el sector marítimo declaran haber sufrido un incidente grave de ciberseguridad que afectó a sus sistemas operativos en los últimos doce meses.
Más revelador aún: en todos los sectores industriales, el 88 % de los encuestados considera que sus dispositivos de protección son suficientemente maduros, pero solo el 21 % dispone de un inventario completo de sus equipos conectados.
Las consecuencias pueden superar la simple interrupción informática. Una intrusión en los sistemas de navegación o propulsión puede convertir un petrolero de 300 metros en un peligro para los demás buques, las instalaciones portuarias y el medio ambiente.
Los cables submarinos constituyen otro objetivo particularmente sensible. Bletsas pidió reforzar su vigilancia, en particular mediante satélites y sensores acústicos, y facilitar su reparación mediante acuerdos internacionales. La inteligencia artificial podría contribuir a detectar estas amenazas. Pero ella misma se convierte en un objetivo.
“Los adversarios no buscarán hundir nuestros buques, buscarán envenenar nuestros datos”, advirtió Zakaria, al evocar la posibilidad de engañar a los algoritmos para que ignoren un submarino hostil o identifiquen un ferry civil como una amenaza.
Una carrera tecnológica difícil de encuadrar
Ante estas perspectivas, Courtenay Rattray, alto responsable de las Naciones Unidas, defendió un enfoque más prudente. “La tecnología debe estar al servicio de la humanidad, y no al revés“, insistió, reclamando un control humano efectivo, responsabilidades claramente establecidas y mecanismos de verificación. Porque la aceleración de las decisiones automatizadas también aumenta los riesgos de error, de mala apreciación y de escalada involuntaria.
A medida que las máquinas ganan autonomía, la cuestión deja de ser su eficacia y pasa a ser el poder que se acepta delegarles.
Rattray también advirtió contra una fractura tecnológica entre Estados capaces de dominar estas herramientas y países dependientes de sistemas que no pueden ni evaluar ni controlar. El desafío es ahora político.
Si la Organización Marítima Internacional (OMI) adoptó en mayo un primer código mundial dedicado a los buques autónomos, este sigue sin ser vinculante. Queda por saber si los Estados lograrán ponerse de acuerdo sobre reglas comunes. Por ahora, las tecnologías avanzan más rápido que su encuadramiento. Y en esta nueva carrera por el poder marítimo, los océanos corren el riesgo de volverse tan disputados en el mundo digital como lo han sido durante siglos en los mapas.
Source of original article: United Nations (news.un.org). Photo credit: UN. The content of this article does not necessarily reflect the views or opinion of Global Diaspora News (www.globaldiasporanews.net).
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