Víctor Manuel Rodríguez sintió que podía ser su último día cuando el edificio donde vive comenzó a sacudirse. Estaba en el sexto y último piso de su edificio en Cali cuando los cristales se rompieron y, al mirar por la ventana, alcanzó a ver cómo estructuras cercanas empezaban a desplomarse.  Fue ahí cuando agarró a su perrita en brazos y salió corriendo por las escaleras.

“Fue algo muy, muy fuerte. Fue muy jodido para todos sentir que podría ser el último día”, recuerda.

Victor permaneció varias horas fuera antes de poder regresar a casa mientras hacían evaluaciones estructurales. Cuando finalmente pudo entrar, organizó un poco el apartamento y comenzó a buscar entre sus cosas aquello que podía servir en una emergencia: una linterna, unos guantes, silbatos y parte del equipo que normalmente utiliza para hacer senderismo en su tiempo libre. Después salió de nuevo, pero esta vez no para ponerse a salvo.

Se dirigió a Capri, en el sur de Cali, donde varios edificios habían colapsado. Conocía bien esa zona porque muy cerca está la unidad residencial donde creció. También sabía que entre las personas que permanecían bajo los escombros había una conocida suya. “Estamos esperando que esté con vida”, decía mientras continuaban las labores de búsqueda.

Cali, la tercera ciudad más poblada de Colombia y capital del Valle del Cauca, quedó en el centro de una de las zonas más golpeadas por el terremoto de magnitud 7,4 del 10 de agosto. Hasta la tarde del 12 de agosto, el departamento registraba 132 personas fallecidas, 238 desaparecidas y más de 2500 heridas, según los datos oficiales recopilados por la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de las Naciones Unidas (OCHA).  En total unas 36.000 personas han sido afectadas en la región.

Pero frente a los edificios derrumbados esas cifras adquieren otra dimensión. Allí hay hijos esperando por sus padres y madres, vecinos preguntando por vecinos y amigos y familias que pasan las horas pendientes de cualquier noticia de sus seres queridos. Víctor permaneció durante buena parte de la tarde y la madrugada del lunes junto a rescatistas y voluntarios, en un lugar donde el ánimo podía cambiar en cuestión de minutos.

Había momentos en los que los equipos pedían silencio y todos se detenían para intentar escuchar algún sonido debajo del concreto. Cuando aparecía una señal, la esperanza recorría a quienes esperaban alrededor. Víctor recuerda haber llegado poco después de que rescataran a una persona con vida; después vio salir otras dos. Más tarde fueron recuperados tres cuerpos. Cuando regresó a su casa, supo que habían conseguido sacar a otra persona viva.

“Es desgarrador ver sacar cuerpos sin vida y también es como un subidón de energía y un golpe de humanidad cuando se rescata a alguien”.

En medio de esas horas comenzó también a reconocer caras. Una de ellas era la de un compañero con quien había cargado materiales durante la madrugada. Al día siguiente volvieron a encontrarse en otro edificio derrumbado buscando dónde podían seguir ayudando. Entonces se dieron cuenta de algo: habían compartido buena parte de la noche anterior sin saber siquiera cómo se llamaba el otro.

“Ayer estuvimos cargando cosas juntos y aquí estamos ahora otra vez. No nos sabemos ni el nombre”, dice Víctor. La experiencia, dice, empezó a cambiar la manera en que pensaba en las personas que lo rodeaban. “Empecé a sentir que no era solo mi familia, sino la familia que somos todos, el vecino, el conocido, el señor de la esquina, el viejito que no camina casi”.

Víctor Manuel Rodríguez
Víctor Manuel Rodríguez, residente de Cali, salió a ayudar en las labores de rescate el día del terremoto.

Una ciudad que salió a ayudar

Esa misma sensación empezó a repetirse en distintos puntos de Cali. José Daniel Hernández salió desde el primer día para apoyar las labores de rescate y remoción de escombros. Cuando volvió a las calles al día siguiente encontró decenas de personas haciendo lo mismo: algunos llevaban suministros, otros esperaban para ayudar en los edificios afectados y muchos simplemente preguntaban qué hacía falta.

José recorrió durante horas distintos puntos de la ciudad buscando dónde podía ser útil. Cuando en las zonas de rescate ya había suficiente personal, comenzó a recoger otro tipo de necesidades: gasolina para mantener los equipos funcionando durante la noche, baterías, linternas y herramientas de corte. “Prefiero venir acá a tratar de ayudar en lo que pueda hacer que sentarme a esperar”, explica.

Jeimmy Celemín vio la misma movilización en barrios de toda la ciudad. Dice que le sorprendió encontrar personas de sectores sociales muy distintos haciendo lo mismo: comprando agua y alimentos de su propio bolsillo, llevando cascos, gafas, guantes y palas a las zonas de búsqueda o pasando horas en los centros de acopio. Jóvenes, adultos y personas de la tercera edad empacaban ayudas, acompañaban a las familias de las víctimas y trataban de sostener a quienes seguían trabajando entre los escombros.

Los caleños actuaron de manera oportuna desde el momento cero de la tragedia, cuando empezamos a ver edificios colapsados y supimos que el personal de rescate no daría abasto. La gente salió a la calle. Ahí es donde uno ve que hay una solidaridad real”.

En esos días, además, Cali soportaba temperaturas cercanas a los 35 grados. Jeimmy dice que llevar agua, comida e hidratación a bomberos, rescatistas y voluntarios se volvió casi tan importante como reunir herramientas. “Han trabajado bajo ese sol durísimo”, describe. Para ella, esos suministros han sido fundamentales para que los equipos pudieran continuar durante jornadas que se extienden día y noche.

“Nos estamos acompañando. Siento que somos uno, somos una familia y nos estamos cuidando”.

Jeimmy Celemín
La gente hace fila a las afueras del recinto del Festival Petronio Álvarez en Cali para donar suministros y apoyar a las comunidades afectadas por el terremoto.

Jeimmy también tenía una carpa y decidió llevarla a uno de los lugares donde se alojaban temporalmente personas afectadas. Para entonces, algunos de los primeros puntos de recolección comenzaban a quedarse pequeños ante la cantidad de ayuda que llegaba.

Uno de los espacios que comenzó a recibir suministros estaba preparado originalmente para uno de los encuentros culturales más importantes de Cali. Cada agosto, el Festival de Música del Pacífico Petronio Álvarez reúne en la ciudad música, cocina, artesanías y tradiciones provenientes de una región estrechamente ligada a la identidad caleña y afrocolombiana.

Nos estamos acompañando. Siento que somos uno, somos una familia y nos estamos cuidando”

El festival había comenzado el domingo y debía extenderse durante una semana, pero la tragedia del lunes interrumpió la celebración. Ahora la Ciudadela Petronio Álvarez y los espacios destinados a recibir músicos, cocineras tradicionales y visitantes son utilizados para organizar ayuda para las comunidades afectadas. El cambio tiene además un significado particular porque el terremoto golpeó con fuerza al Chocó y a otras zonas del Pacífico y el occidente colombiano.

En algunos puntos de Cali empezaron a pedir que dejaran de enviar ciertos suministros y que las donaciones fueran dirigidas hacia otros lugares donde hacían más falta. Jeimmy recuerda ver mensajes de caleños insistiendo en que no se olvidara a Buenaventura, Pereira, Manizales y otras ciudades gravemente afectadas, incluidas varias en el norte del Valle del Cauca con difícil acceso. 

Para ella, ver esa respuesta no borró el miedo a las réplicas ni la angustia por lo que todavía podía ocurrir, pero sí le dio una sensación inesperada de tranquilidad. 

“Me da un poco de calma saber que afuera hay gente que está apoyando y está ayudando”, dice. “Para mí la cooperación lo ha sido todo en esa tragedia. También hay que reconocer la labor de los bomberos, que aunque no son muchos, han respondido con todo y ahora con el apoyo de rescatistas externos espero que se pueda rescatar con vida a los que aún permanecen bajo los escombros.”

Jeimmy Celemín
Un equipo de rescate en Cali se prepara para iniciar las labores de búsqueda y rescate.

Cuando termina la búsqueda empieza otra emergencia

Mientras los equipos continúan intentando encontrar sobrevivientes, la dimensión de la emergencia se amplía. Miles de familias han visto sus viviendas destruidas o dañadas y necesitan alojamiento, atención médica, agua potable, alimentos y apoyo psicológico. En el Valle del Cauca, OCHA identifica entre las prioridades la atención hospitalaria y psicosocial, el acceso a agua segura y la protección de niños y otras personas afectadas.

El sistema de las Naciones Unidas está apoyando la respuesta de las autoridades colombianas. Los mecanismos humanitarios de salud, alojamiento, agua y saneamiento, seguridad alimentaria, protección y educación en emergencias han sido activados, y se están movilizando equipos y recursos principalmente hacia Cali, Quibdó y Buenaventura. 

La Organización Panamericana de la Salud ha desplegado personal especializado y suministros médicos, mientras otras agencias realizan evaluaciones para identificar las necesidades más urgentes.

El Coordinador de Ayuda de Emergencia de la ONU, Tom Fletcher, anunció además cinco millones de dólares del Fondo Central para la Acción en Casos de Emergencia (CERF) para apoyar la respuesta inmediata.

Pero, mientras continúa la búsqueda de sobrevivientes, Naciones Unidas ya empieza a mirar hacia la siguiente etapa. Para la Coordinadora Residente en Colombia, María José Torres Macho, reconstruir no puede significar simplemente levantar de nuevo lo que se cayó.

“Esta debe ser una oportunidad para aplicar el principio de reconstruir mejor”, señala. Eso implica viviendas más seguras, escuelas y hospitales más resistentes, infraestructura capaz de soportar futuras emergencias y comunidades mejor preparadas.

Torres Macho asegura que las crisis ponen a prueba a las sociedades, pero también revelan su capacidad para unirse y avanzar. 

En Cali, esa unión se vio desde el mismo día que ocurrió la tragedia: con una linterna, una botella de agua, una carpa, unas manos dispuestas a cargar escombros y una ciudad entera preguntando dónde y cómo podía ayudar.

Source of original article: United Nations (news.un.org). Photo credit: UN. The content of this article does not necessarily reflect the views or opinion of Global Diaspora News (www.globaldiasporanews.net).

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