Cuando Nia Jetter era niña, en un barrio de Nueva Jersey, ahorraba las monedas de veinticinco centavos que le regalaba su abuelo. No las gastaba en dulces. Las juntaba para comprar baterías y bombillos. Había visto un programa sobre electricidad en la televisión pública y quería construir sus propios circuitos con lo que encontrara por el vecindario. Su padre la llevaba a la biblioteca a buscar los materiales; su madre, maestra de kínder y de educación especial, le enseñaba a explicar cosas complejas de manera simple.

Tres décadas después, esa niña había ayudado a construir el sistema de satélites GPS del que hoy depende medio mundo, había trabajado en la NASA, en Boeing, en Raytheon, y ocupaba uno de los cargos técnicos más altos que existen en Amazon: Senior Principal Technologist en Robotics AI, una posición reservada para un puñado de ingenieros de élite en todo el planeta.

Y entonces, en el momento cumbre de su carrera, se dio cuenta de su verdadera vocación. 

“Estudié inteligencia artificial antes de que fuera tan cool como ahora”.

“Estudié inteligencia artificial antes de que fuera tan cool como ahora”

Nia sonríe cuando lo dice. Hizo su licenciatura en el MIT —matemáticas con ciencias de la computación, y una especialización en ciencias planetarias, porque amaba la astronomía—. En uno de sus proyectos de investigación volvió a derivar la tercera ley de Kepler observando las cuatro lunas interiores de Júpiter. Después vino una maestría en Aeronáutica y Astronáutica en Stanford, y veinte años desarrollando algoritmos autónomos para naves espaciales y robots.

Era, en todo sentido, una ingeniera en la cima. Pero había algo que la inquietaba, y tenía que ver con el momento que vive la humanidad.

“Este momento en el tiempo es tan importante para el mundo por lo que está pasando con la inteligencia artificial, por cómo la IA está moldeando nuestra sociedad y cómo la gente está moldeando la IA”, explica. “Y si no tenemos todas las voces correctas en la sala dando forma a la inteligencia artificial, si no tenemos a todas las personas que son la base de usuarios del mundo con un entendimiento básico de la IA, entonces el producto que terminamos teniendo no va a ser lo mejor para nosotros como comunidad global, como sociedad, como mundo”.

Esa es la convicción que lo cambió todo. Nia entendió que podía usar la suma de todas sus experiencias para una tarea que consideraba más urgente: asegurarse de que nadie se quedara afuera.

ThinqueBytes
Estudiantes en Ghana colaboran en un proyecto de la ayuda de la ONG ThinqueBytes.

ThinqueBytes: la educación como derecho, no como privilegio

Así nació —primero como un proyecto personal de más de cinco años, luego como una organización sin fines de lucro, el Distinguished Minds Institute— thinqueBytes, cuya misión es aumentar el acceso a la inteligencia artificial y a la educación STEM emergente, con un foco en la inclusión, la pertenencia y las comunidades históricamente desatendidas en el mundo de la tecnología. Es así como al día de hoy han capacitado en IA a más de mil jóvenes en cuatro continentes.

La idea es tan sencilla como poderosa: descomponer temas “complejos” —IA, robótica, ciencia de cohetes— en piezas pequeñas y digeribles. Videos cortos organizados en “bytes”, cada uno dedicado a una pregunta que cualquiera se haría: ¿Qué es la inteligencia artificial? ¿Debería tenerle miedo? ¿Me va a quitar el trabajo? Contenido diseñado para quien nunca tuvo contacto con estos temas, pero también para expertos que buscan reconvertirse.

Para Nia, el principio es innegociable: entender las tecnologías emergentes “no debería ser un privilegio; debería ser un derecho”.

Hay una razón personal detrás de esta vocación. Nia sabe lo que es entrar en espacios donde casi nadie se parece a uno. Estudió en una escuela de ingeniería donde “definitivamente había más hombres que mujeres”. Ha vivido el sesgo de quienes están acostumbrados a ver el mundo de una sola manera y se resisten a una realidad distinta —“esa realidad distinta a veces es, simplemente, gente brillante que merece un espacio en este mundo”.

© Unsplash/Aidin Geranrekab
La Inteligencia Artificial está revolucionando actualmente la industria de los teléfonos inteligentes.

De la seguridad de la IA a la gobernanza global

Nia no es una tecnooptimista ingenua. Su forma de pensar la tecnología cabe en una imagen que le gusta usar: la del martillo. “Un martillo es una herramienta increíblemente poderosa. En las manos correctas, construye una casa, protege, salva a las personas. En las manos de alguien muy distinto, puede usarse para hacer daño”.

De ahí su convicción sobre la necesidad de reglas. “Es muy importante tener un mecanismo a escala global —a escala global— para asegurar que la gente entienda cuándo y cómo un producto puede causar daño”. No como una traba, sino como una brújula: muchas veces, dice, el objetivo de la regulación es simplemente ayudar a la gente a entender qué debe tener en cuenta cuando construye.

Y aquí es donde su historia se cruza con la de las Naciones Unidas. Porque Nia describe un mundo que se mueve tan rápido que “las regulaciones a veces se están escribiendo mientras construimos, y lo vamos resolviendo sobre la marcha”. Un mundo donde algunos de los que construyen “no tienen el conocimiento base” para hacerlo con responsabilidad. Su conclusión es casi un eco anticipado de lo que se escucha en Ginebra: es crucial que exista una comunidad global definiendo los parámetros, para que la gente tenga ese conocimiento base.

Unsplash/Franki Chamaki
La inteligencia artificial sirve para procesar y analizar grandes cantidades de datos.

Ginebra: cuando una vocación se vuelve consenso mundial

La primera semana de julio de 2026, todo aquello por lo que Nia Jetter dejó su carrera corporativa se convirtió, en Ginebra, en agenda mundial. Y ella es parte de esta cumbre porque vino con su equipo para mostrar su trabajo y capacitar a todas las personas posibles.

En la apertura del primer Diálogo Mundial sobre la Gobernanza de la Inteligencia Artificial , el primer foro sobre gobernanza de la IA establecido por la Asamblea General de la ONU, con todos los países sentados a la mesa, el Secretario General António Guterres pronunció exactamente el mensaje que Nia venía predicando desde sus videos y sus aulas. La inteligencia artificial, dijo, usada bien y compartida ampliamente, podría “comprimir décadas de desarrollo en años” y convertirse en “el gran igualador del siglo XXI”. Pero advirtió que nada de eso ocurrirá solo: la disyuntiva es “gobernar por diseño o ir a la deriva por defecto”.

El gran igualador, si lo gobernamos por diseño. Es difícil imaginar una frase que resuma mejor la apuesta de thinqueBytes.

Guterres señaló el punto que Nia conoce de memoria: el conocimiento experto, durante toda la historia, estuvo en manos de muy pocos, en muy pocos lugares, a un precio demasiado alto. Y recordó que 2.200 millones de personas, una de cada cuatro en el planeta,  siguen sin conexión al mundo digital. Doreen Bogdan-Martin, Secretaria General de la UIT, lo reforzó: para que la IA beneficie a todas las personas, la tecnología y la cooperación internacional deben avanzar juntas, especialmente para quienes aún no se han sumado al mundo digital.

Esta misma semana, en el AI for Good Global Summit, la vitrina de la ONU donde la tecnología se pone al servicio de las personas, y donde Nia ha sido ponente, la conversación se volvió concreta: IA para detectar cánceres a tiempo, para llevar internet a escuelas remotas, para formar el pensamiento crítico de una generación que crecerá conversando con máquinas. 

Nia tuvo la carrera con la que muchos sueñan. Podría volver a ella cuando quisiera; pero eligió este momento, este instante preciso de la historia, para estar donde realmente debe estar. 

Mientras en Ginebra representantes, visionarios, líderes, lideresas  y jóvenes de 193 naciones debaten cómo evitar que la inteligencia artificial se convierta en un privilegio que genera más desigualdades, en algún salón de Ghana, o en una pantalla en cualquier rincón del planeta, una persona que nunca imaginó entender qué es un algoritmo está aprendiendo a hacerlo. Gracias a una ingeniera que decidió que el futuro de la IA no se escribe solo en los laboratorios de las grandes tecnológicas, sino también en las aulas donde lleva a todos en el viaje.

Source of original article: United Nations (news.un.org). Photo credit: UN. The content of this article does not necessarily reflect the views or opinion of Global Diaspora News (www.globaldiasporanews.net).

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