Es martes por la mañana y el Palexpo de Ginebra huele a café, pan y cables. En un pasillo, niños mexicanos y ucranianos, trabajan con esmero para crear robots que se mueven con una agilidad sorprendente. En otro, una pantalla muestra en tiempo real cómo un algoritmo lee imágenes médicas, detectando señales tempranas de cáncer que al ojo humano serían imperceptibles. Más allá, una niña africana mira con asombro un mapa interactivo que ilumina, una a una, escuelas de un país latinoamericano se conectarán por primera vez a internet.
Han pasado dos días desde que se inauguró esta Semana Digital y ya es difícil sostener la vieja pregunta de si la inteligencia artificial “cambiará” el mundo. Aquí, en el corazón de la Ginebra multilateral, esa pregunta suena anticuada. La verdadera interrogante, la que el Secretario General de la ONU dejó clavada en el aire el lunes, es otra, y mucho más difícil: ¿cambiará el mundo para todos, o solo para algunos?
Una semana, tres puertas
Lo que ocurre estos días en Ginebra tiene un nombre paraguas: Semana Digital de Ginebra y tres puertas de entrada distintas que, juntas, cuentan una sola historia.
La primera puerta fue el Diálogo Global sobre Gobernanza de la IA, los días 6 y 7 de julio: el primer foro sobre gobernanza de la IA establecido por la Asamblea General de la ONU, con todos los países sentados a la mesa para tener, por fin, la conversación que el mundo necesita. Es el plano político, el lugar donde se discute quién y cómo se ponen las reglas.
La segunda es el WSIS Forum 2026, Foro de la Cumbre Mundial sobre la Sociedad de la Información, del 6 al 10 de julio: la plataforma multilateral más veterana en cooperación digital, nacida en 2003, que este año se reúne por primera vez tras la revisión de sus veinte años. Es el plano de la implementación, donde los compromisos se vuelven proyectos, hojas de ruta, acciones. Su vara es concreta: en dos décadas, el uso global de internet pasó del 15% al 74% de la población.
La tercera, que se abrió ayer martes, es el AI for Good Global Summit (Cumbre Global IA para el Bien), del 7 al 10 de julio: la vitrina donde la tecnología se enfoca en soluciones para las personas. Charlas de fondo y demostraciones prácticas que muestran los beneficios que se pueden desbloquear con una IA responsable.
Un solo escenario que abre tres puertas. Y esa decisión encierra la tesis de toda la semana: gobernanza, cooperación e innovación no son mundos separados, sino tres caras de un mismo esfuerzo.
El Secretario General António Guterres interviene en la sesión inaugural del Diálogo Global sobre Gobernanza de la IA en Ginebra, Suiza.
La idea que lo ordena todo
El lunes, al inaugurar el Diálogo Global, António Guterres pronunció un discurso que ha marcado el pulso de estos días. Más allá de señalar una amenaza o recitar una oda al progreso, fue sobre todo, la defensa de una idea que de seguro marcará a esta y las próximas generaciones.
Durante toda la historia de la humanidad, recordó el Secretario General, el conocimiento experto estuvo en manos de muy pocos, en muy pocos lugares, y a un precio demasiado alto. La penicilina tardó décadas en llegar a las aldeas que más la necesitaban. La electricidad, más de un siglo, y todavía sigue llegando. Cada gran avance del progreso humano abrió, primero, una brecha entre quienes podían pagarlo y quienes debían esperar su turno.
La inteligencia artificial, dijo Guterres, podría romper ese patrón por primera vez. Usada bien y compartida ampliamente, tiene el poder de “comprimir décadas de desarrollo en años” y de convertirse en “el gran igualador del siglo XXI”.
Pero , y aquí estuvo el filo de su mensaje, nada de eso ocurrirá por defecto. La misma tecnología que puede igualar al mundo puede también concentrarlo como nunca antes: hoy la capacidad de cómputo, el talento y los datos están en manos de un puñado de empresas y países. La disyuntiva, resumió, no es entre optimismo y miedo, sino entre “gobernar por diseño o ir a la deriva por defecto”.
Esa frase: el gran igualador, si lo gobernamos por diseño, es la que conviene llevarse puesta al recorrer el Palexpo. Porque en cada stand, en cada demostración, en cada sesión, lo que verdaderamente se está poniendo a prueba no es si la IA funciona. Es si tiene sentido para los 2.200 millones de personas que todavía hoy siguen desconectadas del mundo digital, una de cada cuatro en el planeta.
India soporta una pesada carga de enfermedades zoonóticas —entre ellas la rabia, la brucelosis, la leptospirosis, la gripe aviar y la fiebre de Kyasanur— en un país donde cientos de millones de personas viven en estrecho contacto diario con el ganado.
Cuatro maneras de igualar el mundo
Si uno recorre estas cumbres globales buscando esa idea, la encuentra hecha realidad en decenas de proyectos. Cuatro, entre todos, la resumen especialmente bien.
1. El tiempo. En el ala de salud, un equipo muestra cómo la IA detecta señales tempranas de cáncer en imágenes médicas, Un algoritmo entrenado analiza en segundos y prioriza según su nivel de riesgo. La promesa no es reemplazar al oncólogo, sino llegar donde no hay oncólogo. Guterres lo había dibujado el lunes con una imagen precisa: una madre en una clínica rural cuya ecografía se lee en minutos, y cuyo cáncer se detecta a tiempo, no cuando ya es tarde. En un mundo donde el lugar donde se nace define quién sobrevive a un tumor, comprimir el tiempo del diagnóstico es, literalmente, igualar la esperanza de vida.
2. La integridad. En una stand de UNODC, funcionarios de varios ministerios siguen con atención una demostración sobre el uso de IA para rastrear el lavado de dinero y la corrupción: sistemas que cruzan millones de transacciones, detectan patrones imposibles de ver a ojo humano y encienden alertas sobre flujos financieros sospechosos. Para muchos países en desarrollo, la corrupción es el impuesto invisible que drena los recursos del desarrollo. Poner una herramienta de esta potencia en manos de auditores y unidades de inteligencia financiera es nivelar el terreno frente a quienes, durante décadas, contaron con la opacidad como aliada.
3. El acceso. Otro proyecto aborda la más básica de las desigualdades: la conexión misma. Iniciativas para llevar internet a centros educativos en zonas remotas —mapear con IA qué escuelas siguen sin conexión y planificar cómo alcanzarlas— atacan la raíz del problema que atraviesa toda la semana. Como recordó Doreen Bogdan-Martin, Secretaria General de la UIT y primera mujer al frente del organismo, para que la IA beneficie a todas las personas, la tecnología y la cooperación internacional deben avanzar juntas, “especialmente para quienes aún no se han sumado al mundo digital”.
4. El criterio. Y quizás sea el más silencioso, pero no el menos importante. En varias sesiones se discute cómo educar para el pensamiento crítico en tiempos de IA: cómo formar a estudiantes —y a ciudadanos— capaces de convivir con máquinas que escriben, responden y persuaden, sin delegar en ellas su capacidad de discernir. Si la IA va a ser el gran igualador, la educación es la condición para que ese poder no se convierta en dependencia. Un tutor incansable puede acompañar a un niño fuera del aula, sí; pero solo una buena educación evita que ese niño confunda una respuesta veloz con una respuesta verdadera.
Cuatro proyectos, cuatro verbos: dar tiempo, dar integridad, dar acceso, dar criterio. Cuatro formas distintas de la misma apuesta.
Se están logrando importantes avances médicos con el apoyo de la IA.
La coalición de los que no quieren quedarse atrás
La idea del gran igualador no se sostiene sola: necesita quién la empuje. Y esta semana, en Ginebra, esa coalición empieza a tomar forma.
El 2 de julio, en la antesala de la cumbre, se lanzó la AI for Good Global Commission, una comisión que reúne a más de cuarenta miembros fundadores —jefes de Estado y de Gobierno, directores de agencias de la ONU y máximos ejecutivos de empresas— para trazar caminos prácticos que fortalezcan la confianza, amplíen el acceso y liberen el potencial de la IA a la velocidad que exige la tecnología. La copresiden el presidente de Ruanda, Paul Kagame, y el fundador de Salesforce, Marc Benioff; Doreen Bogdan-Martin, Directora de ITU, es la vicepresidenta.
“La tecnología debe ser una fuerza para el bien, y tenemos la responsabilidad de usarla en consecuencia”, dijo Kagame al anunciarla. “Trabajemos juntos para reducir la desigualdad y permitir que cada vez más de nuestros ciudadanos se beneficien de lo bueno que la IA puede ofrecernos a todos”. Bogdan-Martin lo formuló como una constatación: ninguna organización puede, por sí sola, poner la IA al servicio de toda la humanidad; hará falta liderazgo colectivo y la experiencia combinada de socios de todos los sectores.
Un técnico trabaja en un centro de servicios de datos.
La cuenta que también hay que igualar
No todo lo que se discute en Ginebra brilla. La misma tecnología que promete comprimir décadas de desarrollo tiene una factura material que nadie quiere pagar y que Guterres se negó a esconder.
Los centros de datos que alimentan la IA ya consumen más electricidad que la mayoría de los países. Hacia 2030 podrían usar más energía que todas las naciones del mundo salvo cinco, y suficiente agua para cubrir durante un año entero las necesidades de los 1.300 millones de habitantes del África subsahariana. El Secretario General pidió a las grandes empresas medir y divulgar públicamente la huella completa de sus sistemas: carbono, agua, tierra y alimentar sus centros de datos con energía renovable para 2030.
Esta es la otra cara de la promesa de atacar la desigualdad: de poco vale reducir una si, en el camino, se profundiza otra. Igualar el acceso a la IA sin igualar el reparto de sus costos ambientales sería, apenas, cambiar una brecha por otra.
Las cosechadoras automatizadas redefinen la eficiencia y la productividad en la explotación agrícola.
La puerta sigue abierta
Al terminar la mañana de este martes, con dos días de cumbre todavía por delante, queda la sensación de estar dentro de un momento que no se repite a menudo: el instante exacto en que una idea, la IA como igualadora y no como concentradora, deja de ser un deseo y empieza a buscar la manera de volverse política, proyecto y presupuesto.
Nada está decidido. La misma semana que exhibe algoritmos que detectan cánceres y rastrean corrupción recuerda, a cada paso, que un cuarto de la humanidad ni siquiera tiene señal. El gran igualador podría, si nadie lo gobierna, convertirse en el gran concentrador.
Pero el lunes, al cerrar su discurso, Guterres dejó una imagen que estos días en Ginebra parecen empeñados en honrar: puede que seamos la última generación capaz de fijar los términos en que la humanidad y las máquinas coexisten. La puerta, dijo, sigue abierta. Pero no permanecerá abierta mucho tiempo.
En el Palexpo, esta semana, decenas de naciones, las empresas, las ONG, las universidades y los emprendedores que las acompañan, están tratando de cruzarla juntas, antes de que se cierre.
Source of original article: United Nations (news.un.org). Photo credit: UN. The content of this article does not necessarily reflect the views or opinion of Global Diaspora News (www.globaldiasporanews.net).
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