Cuando se menciona Abu Dabi, la capital de los Emiratos Árabes Unidos, resulta difícil asociar el “desierto” con el “bosque”. El clima es árido y la vegetación terrestre es limitada, pero a lo largo de la costa, extensiones de manglares muestran un verde vibrante. Entre la subida y la bajada de las mareas, las raíces de los manglares se hunden en el fango, los peces se alimentan y se reproducen, y los visitantes recorren en kayak los canales entre los árboles.
Para Gabriel Grimsditch, del Departamento de Ecosistemas Marinos y Costeros del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), los manglares de Abu Dabi ilustran algo importante: su valor no reside solo en el color verde, sino en su capacidad de proporcionar a los seres humanos una serie de servicios que normalmente requerirían costosas infraestructuras. Uno de los más importantes es la protección de la costa.
Un “dique marino” que crece por sí solo
Los manglares crecen en la zona intermareal donde el mar se encuentra con la tierra, un ecosistema especial adaptado a ambientes salinos.
“El denso y complejo sistema de raíces de los manglares es capaz de fijar y capturar sedimentos, permitiendo que la línea de costa se vaya sedimentando y elevando, lo que ayuda a hacer frente al aumento del nivel del mar. En otras palabras, cuando el nivel del mar sube, los manglares no se quedan inmóviles ‘vigilando’. Pueden elevar gradualmente la superficie mediante la acumulación continua de sedimentos“, explica Grimsditch.
Esta es también una de las mayores diferencias entre los manglares y los diques marinos tradicionales. Los diques necesitan ser diseñados, construidos y mantenidos, y ante tormentas cada vez más intensas y el aumento del nivel del mar, pueden requerir ser elevados constantemente. Los manglares, en cambio, son una “defensa viva”: siempre que las condiciones ecológicas sean adecuadas, pueden crecer, regenerarse y seguir desempeñando su función de protección costera a lo largo de su crecimiento.
Un informe del PNUMA de 2023 muestra que los manglares pueden reducir el riesgo de inundaciones para al menos 15 millones de personas en todo el mundo cada año y evitar al menos 6500 millones de dólares en pérdidas potenciales por inundaciones. Un análisis económico sobre Fiyi muestra que, en la protección de ciudades y pueblos, la relación coste-beneficio de los manglares es aproximadamente 3,5 veces mayor que la de los diques marinos artificiales.
Una tortuga marina nada entre las raíces sumergidas de los manglares en aguas cristalinas, cerca de la superficie.
La restauración no es fácil
Otra característica de los manglares es que pueden recuperarse de forma natural, pero eso no significa que la recuperación sea fácil.
Grimsditch señala que “tras sufrir daños, los manglares pueden recuperarse de forma natural o mediante plantación artificial. Pero la velocidad de recuperación depende del lugar y de las condiciones ecológicas, y normalmente puede requerir de 15 a 30 años. Los manglares jóvenes no necesitan esperar a madurar por completo para empezar a ser útiles. En sus primeras etapas de crecimiento ya pueden ayudar a estabilizar la costa y proporcionar hábitats y espacios de cría para los peces”.
Pero los manglares maduros pueden proporcionar servicios ecosistémicos más ricos y estables. Por ello, desde el punto de vista de la conservación ecológica, proteger los manglares existentes suele ser más importante que esperar a que el bosque desaparezca para dedicar años a restaurarlo.
La protección y restauración dan resultados
Grimsditch indica que, al mismo tiempo, ha surgido un cambio digno de atención en la protección global de los manglares. Los últimos datos de vigilancia satelital global muestran que, desde que se inició el monitoreo, la superficie global de manglares ha registrado por primera vez un crecimiento neto, con la superficie nueva superando a la perdida. Esto significa que los trabajos de protección y restauración llevados a cabo en algunos países y regiones en los últimos años están dando resultados.
Pero Grimsditch también advierte de que esto no significa que la crisis de los manglares haya terminado. El cambio climático, el desarrollo costero y la acuicultura, especialmente el cultivo de camarones en algunas regiones, siguen ejerciendo presión sobre ellos. Una vez que los manglares se degradan, su capacidad de fijar sedimentos disminuye, y el riesgo de erosión costera e inundaciones puede aumentar; los peces, aves y otros organismos que dependen de los manglares también pierden hábitats importantes.
Los manglares son también un ecosistema importante de almacenamiento de carbono. El carbono almacenado durante mucho tiempo en los bosques y los suelos puede liberarse de nuevo a la atmósfera cuando los manglares se destruyen. Los datos del PNUMA muestran que más de 1500 especies en todo el mundo dependen de los manglares para sobrevivir, y al menos el 15 % de ellas están amenazadas de extinción.
Manglares y corales, bahía de Kimbe, Papúa Nueva Guinea.
¿Por qué el desierto necesita manglares?
Abu Dabi ofrece un ejemplo interesante. En las ciudades y zonas costeras húmedas, quizá sea fácil entender la importancia de los bosques; pero en un entorno desértico, el significado de los manglares es aún más destacado.
“Los manglares de Abu Dabi no solo son importantes criaderos de peces, sino que también pueden mejorar la calidad del agua y proporcionar espacios naturales para actividades de ecoturismo como el kayak y los senderos entre manglares. Los bosques terrestres de Abu Dabi son muy limitados. Dado que los ecosistemas del interior almacenan relativamente poco carbono, la función de almacenamiento de carbono de los manglares costeros resulta especialmente importante”, asegura el experto del PNUMA.
Grimsditch señala que el almacenamiento medio de carbono por unidad de superficie de los manglares de Abu Dabi puede ser inferior al de algunos manglares de zonas húmedas, pero a escala nacional e incluso regional, su valor ecológico sigue siendo destacado. Actualmente, la superficie de manglares locales sigue aumentando.
Esto convierte a Abu Dabi en un caso bastante simbólico: incluso en un entorno desértico, los manglares pueden seguir siendo un activo natural importante para hacer frente al cambio climático.
Gabriel Grimsditch disfruta de un paseo en dhow por los manglares de la costa de Kenia.
De los créditos de carbono a los equipos de fútbol
Grimsditch afirma que el valor de los manglares no se limita, en última instancia, a los árboles en sí: “En Kenia, el PNUMA colabora con el Gobierno en la protección y restauración de manglares en aldeas y ciudades costeras. En algunas zonas, los manglares se están recuperando gradualmente, y un cambio aún más interesante es que estos trabajos de protección empiezan a vincularse con la financiación climática. Como los manglares pueden absorber y almacenar carbono, sus proyectos de protección y restauración pueden generar créditos de carbono. Las personas, empresas e instituciones que desean compensar parte de sus emisiones de carbono compran estos créditos, y los fondos se invierten posteriormente en las comunidades locales”.
Grimsditch explica que, en este proyecto que lleva al menos 10 años en marcha, los ingresos relacionados se han utilizado para apoyar proyectos comunitarios de educación y salud, e incluso para ayudar a las comunidades locales a formar equipos de fútbol. Para los residentes locales, proteger los manglares ya no es solo un eslogan medioambiental de una organización internacional, sino que puede significar mejores servicios públicos y más oportunidades de desarrollo.
En Costa Rica, los manglares y la economía comunitaria se vinculan a través de otra vía. Un manglar local situado en una reserva marina es un hábitat de cría importante para el tiburón martillo, una especie en peligro. El tiburón martillo, a su vez, está relacionado con actividades como el buceo y el ecoturismo. Los manglares protegen en realidad todo un sistema interconectado: la costa, los peces, la biodiversidad, el almacenamiento de carbono, la pesca, el turismo y los habitantes locales.
Manglares, Australia.
De “pantano despreciado” a “infraestructura viva”
Grimsditch señala que los manglares no siempre han recibido este tipo de consideración. En algunos lugares, fueron vistos como tierras pantanosas de valor limitado, o incluso como un obstáculo para el desarrollo. Pero a medida que se agrava el cambio climático, la gente empieza a redescubrir este ecosistema.
Algunas comunidades costeras de la India y Bangladés se han beneficiado del efecto amortiguador de los manglares frente a ciclones y mareas de tempestad. Durante el tsunami del océano Índico de 2004, también se consideró que los manglares de algunas zonas costeras de Tailandia desempeñaron cierto papel protector.
Estos casos apuntan conjuntamente a una comprensión cada vez más clara: los manglares no son una “naturaleza salvaje” que los humanos deban proteger pero que no tenga relación con sus vidas. Al contrario, son en sí mismos una infraestructura natural de las sociedades costeras. Y, a diferencia de un muro de hormigón, esta infraestructura crece, se reproduce y puede proporcionar simultáneamente múltiples servicios como pesca, biodiversidad, almacenamiento de carbono y turismo.
Este es quizá también el valor más importante de los manglares en la era del cambio climático: ante el aumento del nivel del mar y un clima cada vez más extremo, los seres humanos no solo tienen el camino de construir instalaciones de ingeniería más altas y sólidas. A veces, la respuesta también puede estar escondida entre la marea y la tierra, en un bosque que puede crecer por sí solo.
Source of original article: United Nations (news.un.org). Photo credit: UN. The content of this article does not necessarily reflect the views or opinion of Global Diaspora News (www.globaldiasporanews.net).
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