En las remotas islas del sureste de Bahamas, lejos de los resorts de lujo y las playas de postal, un grupo de isleños ha encontrado en un arbusto silvestre la clave para transformar su economía y su futuro. Se llama cascarilla y, sin saberlo, usted probablemente la ha probado.
Phillip Williamson, de 71 años, recorre desde niño los matorrales de Acklins, una isla de menos de 1000 habitantes. Con un machete abre camino entre la maleza, esquivando hojas que irritan la piel y enjambres de mosquitos. Busca un arbusto de aspecto modesto llamado Croton eluteria, conocido localmente como Cascarilla.
Lo que Williamson encuentra en la corteza de esa planta es un tesoro. El aceite que contiene es el responsable del sabor amargo y herbal del Campari, el licor que da vida a cócteles famosos como el Negroni. Y la mayor parte de esa cascarilla que viaja a las cocteleras del mundo se cosecha aquí, en unas pocas islas de Bahamas.
Un ingreso que crece, pero peligra
“Vivir en Acklins es duro. Casi nada crece con facilidad”, dice Williamson. Durante generaciones, la recolección de corteza, “barking”, como llaman los locales a esta tradición, ha sido un ingreso vital. Williamson recuerda venderla a 50 centavos la libra para pagar sus exámenes escolares a los 11 años.
En los últimos años, la demanda global se disparó. Nuevos compradores entraron al mercado y el precio pasó de 5 dólares por libra en 2023 a 15 dólares este año. Para los habitantes de Acklins, ese aumento ha sido un salvavidas económico en una región históricamente olvidada y dependiente de un turismo que apenas llega hasta allí.
Pero el auge trae consigo una amenaza: sin regulación ni prácticas sostenibles, la cascarilla corre el riesgo de agotarse. El mismo éxito económico podría acabar con la planta y, con ella, con la promesa de prosperidad.
El rescate
En 2023, con apoyo del Proyecto Islas Pino de Bahamas —financiado por el Fondo para el Medio Ambiente Mundial e implementado por el Programa de la ONU para el Medio Ambiente (PNUMA)—, Williamson y otros líderes comunitarios crearon la Cooperativa de Isleños de Acklins. Su primer logro fue romper el monopolio que durante años controlaba el comercio de la corteza, permitiendo que el beneficio se quedara en la isla.
La cooperativa, que hoy suma más de 300 miembros, también priorizó la formación en técnicas sostenibles: cómo cortar la corteza sin dañar la planta, o cómo experimentar con su cultivo. El proyecto aportó invernaderos, equipos para extraer aceites esenciales y mejoras en el control de calidad.
Del barril al pueblo
Ahora, los isleños aspiran a dar un salto mayor. En lugar de exportar solo corteza, quieren producir ellos mismos el aceite esencial e incluso elaborar productos terminados como perfume o jabón. El beneficio sería mucho mayor y permitiría reinvertir en la isla. El primer objetivo: abrir la primera tienda de alimentos en Acklins.
“La comunidad local jugó un papel vital en este éxito. Reconocen que su prosperidad depende de sus recursos naturales y que es esencial preservarlos para las generaciones futuras”, afirma Rhianna Neely-Murphy, directora del Departamento de Planificación y Protección Ambiental de Bahamas.
Williamson, que ahora dedica más tiempo a la gestión sostenible que a la recolección, lo resume con sencillez: “Hay que hacerlo bien desde el principio. Al final, toda la isla se beneficiará”.
El desafío local de Acklins refleja una realidad global: mil millones de personas dependen de especies silvestres para vivir, pero el uso insostenible amenaza ya a un millón de especies. Acuerdos internacionales como el Marco Global de Biodiversidad Kunming-Montreal buscan precisamente eso: proteger, restaurar y usar la naturaleza sin destruirla. En una pequeña isla de Bahamas, ese compromiso global tiene nombre de arbusto y sabor a cocktail.
Source of original article: United Nations (news.un.org). Photo credit: UN. The content of this article does not necessarily reflect the views or opinion of Global Diaspora News (www.globaldiasporanews.net).
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