La tierra se aplana al acercarse a Birao, una ciudad aislada por la sabana en el extremo norte de la República Centroafricana. Allí, donde hay más motocicletas que coches, las carreteras se disuelven en polvo. A menos de dos horas en coche de la frontera sudanesa, este es el borde de un país fracturado que aún intenta recomponerse, mientras se ve sacudido por los efectos de un conflicto en la región.

 Desde el inicio de la guerra civil en Sudán, decenas de miles de refugiados han huido hacia esta zona, en el sur, llevando consigo lo poco que pudieron rescatar de sus hogares y el peso de la mayor crisis humanitaria del mundo.

En un sofocante día de noviembre, al comienzo de la estación seca, una mujer permanece de pie a la sombra de un árbol. Está junto a una tienda de plástico, entre las casas de techo de paja de Korsi, un barrio levantado apresuradamente en las afueras de Birao para absorber la oleada de recién llegados.

Nafeesa, como la llamaremos, cuenta que proviene de una ciudad cercana a Jartum, la capital sudanesa, a más de 1100 kilómetros de distancia.

Cuando estalló la guerra allí, en abril de 2023, ella y su familia se dirigieron hacia el oeste, al sur de Darfur, donde su marido abrió una pequeña tienda en un mercado local. Un día, hombres armados irrumpieron en el comercio y lo amenazaron. Él logró escapar pero lo siguieron hasta su casa.

Esa misma noche, los hombres regresaron para terminar el trabajo.
«Vinieron a buscarnos a la una y media de la madrugada», recuerda en árabe Nafeesa, cuyo nombre real ha sido cambiado para proteger su seguridad. “Él se levantó de la cama, pero le dispararon tres veces”.

Ella y su hijo de nueve años fueron atados mientras su marido agonizaba. «Se llevaron nuestro dinero, nuestras pertenencias y nuestra ropa».

Habla en voz baja, con las manos cubiertas de delicados dibujos de aleña, pero su rostro está endurecido por el duelo y el exilio.

Tras el asesinato, decidió abandonar Sudán junto con el resto de su familia.

La guerra se extiende

Los acontecimientos que cambiaron para siempre el rumbo de la vida de Nafeesa empezaron con la ruptura entre el jefe del ejército sudanés, el general Abdel Fattah al-Burhan, y el comandante paramilitar de las Fuerzas de Apoyo Rápido (FAR), Mohamed Hamdan Daglo.

Casi tres años después, lo que comenzó como una pugna por el poder en Jartum se transformó en un derramamiento de sangre a escala nacional. Cerca de 30 millones de personas han sido empujadas a una situación de emergencia humanitaria y más de 10 millones han huido de sus hogares, la mitad de ellas niños. Desde el verano de 2024, la hambruna se ha afianzado en varias zonas del país.

A finales de octubre de 2025, la guerra alcanzó un nuevo umbral. Tras más de 500 días de asedio, las FAR tomaron la ciudad de El Fasher, el último bastión del gobierno en Darfur del Norte. Cientos de miles de personas fueron desplazadas. Trascendieron informes de masacres con motivación étnica contra comunidades no árabes, violaciones masivas y ejecuciones sumarias.

Para muchos darfuríes, la violencia era inquietantemente familiar. Las FAR remontan sus orígenes a las milicias yanyauid que combatieron junto al gobierno sudanés durante la guerra de Darfur, hace más de dos décadas.

Aquel conflicto las enfrentó a las comunidades no árabes de la región —los fur, los masalit y los zaghawa—. Apenas unas semanas antes de la caída de El Fasher, la Corte Penal Internacional (CPI) condenó a Ali Muhammad Ali Abd-Al Rahman, un antiguo líder yanyauid conocido como Ali Kushayb, por crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad cometidos en Darfur Occidental en 2003 y 2004. Los fiscales advirtieron que atrocidades similares se estaban cometiendo de nuevo en la actualidad, a menudo usando la violencia sexual como arma de guerra.

Noticias de las Naciones Unidas/Alban Mended de Leon

Fronteras sin barreras

Como Nafeesa, muchas personas que viven en Darfur cruzan hacia el sur, hasta la República Centroafricana, donde llegan a Am Dafock, un pueblo fronterizo asentado sobre un terreno pantanoso a dos horas de Birao.

«Vinieron a buscarnos a la una y media de la madrugada… Él se levantó de la cama, pero le dispararon tres veces ».

No hay valla ni barrera física que marque el final de un país y el comienzo del otro; solo un lecho de río seco que se extiende a lo largo de la línea invisible dibujada en los mapas.

La gente se desplaza libremente de un lado a otro, a pie, montando burros o con ganado. También cruzan hombres armados.

En palabras de Ramadan Abdel Kader, gobernador adjunto de la zona, la historia reciente del pueblo ha estado marcada por el miedo. «La población fue sumida en un sufrimiento absoluto», explica. Hombres sospechosos de ser combatientes de las FAR cruzaban la frontera para saquear, matar y aterrorizar a los habitantes.

En el punto álgido de la violencia, dice, hasta 11.500 personas —una gran parte de la población de Am Dafock— huyeron de sus hogares.

Encontraron refugio cerca de la base local de la MINUSCA, la misión de mantenimiento de la paz de la ONU en la República Centroafricana, que instaló un campamento en el pueblo fronterizo tras estallar la crisis sudanesa. «Si no fuera por su presencia aquí, esta localidad habría sido tomada por elementos armados provenientes de Sudán», afirmó el funcionario.

«Trabajamos en un contexto en el que el Estado aún se encuentra en proceso de reconstrucción».

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Cuando la tierra se convierte en motivo de disputa

Esas tensiones, dijeron funcionarios locales y residentes a ONU Noticias, no se deben únicamente a la presencia de hombres armados cruzando desde Sudán. También ocurren por la competencia por la tierra y los recursos entre los pastores sudaneses, que huyen de la violencia con sus rebaños, y los agricultores centroafricanos, cuyos campos se encuentran a lo largo de las rutas de trashumancia, caminos tradicionales utilizados para mover el ganado en busca de pasto.

A medida que los criadores sudaneses se desplazaban hacia el sur con su ganado, los cultivos son pisoteados, los pozos sobreexplotados y los conflictos se multiplican.

Lo que antes era una fricción estacional pasó a confrontación, exacerbada por rumores, comerciantes oportunistas y la circulación de armas en una zona fronteriza ya de por sí volátil. Combatientes sospechosos de pertenecer a las FAR y otros elementos armados aprovecharon el caos.

Para septiembre, según Tamia Célestin, uno de los líderes comunitarios de Am Dafock, la situación alcanzó un punto crítico. «Registramos numerosos casos de violación», dijo. «Niñas jóvenes, algunas de 12 o 13 años, fueron atacadas. La gente tenía miedo de ir a sus campos ». Ese mes, los líderes locales contabilizaron seis cuerpos acribillados y casi 26 casos de violencia sexual.

Noticias de las Naciones Unidas/Alban Mended de Leon

El comandante Sifamwelwa Akalaluka, quien dirige los esfuerzos de participación comunitaria de la MINUSCA en Birao, habla con las mujeres en el mercado de las ciudades.

Hablando bajo los árboles 

En respuesta, la MINUSCA facilitó un diálogo transfronterizo, reuniendo a comunidades centroafricanas y sudanesas que habían estado conviviendo cara a cara —y cada vez con más conflictos. Del 27 al 30 de octubre de 2025, más de un centenar de delegados se reunió en Am Dafock, sentados en bancos y esterillas bajo los árboles, ante la ausencia de cualquier sala de reuniones formal.

Desde allí, líderes religiosos, jefes de aldea, comerciantes, miembros de comités de trashumancia y nueve mujeres se enfrentaron en un descampado polvoriento. «El diálogo no fue fácil», recuerda Célestin, quien participó en las conversaciones de tres días. «Pero la gente habló.» Se expresaron agravios. Se intercambiaron acusaciones. Se redefinieron límites —no en los mapas, sino con palabras. «Al final, acordamos que la violencia debía cesar».

Apenas dos semanas antes de la llegada de ONU Noticias a la zona se firmó un acuerdo local. Prohibía portar armas, reafirmaba los corredores de trashumancia para el ganado y comprometía a ambas partes a resolver sus disputas a través de comités locales en lugar de recurrir a la fuerza. Desde entonces, dijeron los residentes, los disparos habían cesado en su mayoría. Los campos volvían a cultivarse. La frontera permanecía abierta, pero más tranquila.

Am Dafock estaba llena de actividad por los preparativos para las próximas elecciones generales, mientras los habitantes se preparaban para elegir un alcalde oficial por primera vez en décadas, no se habían celebrado elecciones municipales en el país desde 1988.

El 28 de diciembre, los centroafricanos votaron abrumadoramente por el presidente en funciones, Faustin-Archange Touadéra, asegurándole un tercer mandato.

Para muchos residentes, la votación llevaba la promesa de normalidad, o al menos de continuidad, en una región que durante mucho tiempo había carecido de ambas.

Esa promesa, sin embargo, sigue siendo esquiva.

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Los refugiados sudaneses en la República Centroafricana aprenden a trabajar en el campo para sobrevivir.

Esperando un lugar seguro

A finales de 2023, Nafeesa no permaneció mucho tiempo en Am Dafock, adonde había llegado con su familia tras el asesinato de su marido. Como miles de otros sudaneses que buscaban alejarse de la guerra, la inseguridad en la frontera la empujó a continuar hacia Birao.

Allí, la agencia de la ONU para los refugiados (ACNUR) trabaja con las autoridades locales para registrar a los recién llegados y organizar su supervivencia. «Nos dieron mantas y colchones para mis hijos», dijo. «Me dieron la casa en la que estoy viviendo ahora»

Hoy, más de 27.000 refugiados sudaneses viven en Birao y sus alrededores, una cifra abrumadora para un pueblo que cuenta con menos de 18.000 habitantes propios. «Esta es una situación bastante inusual», explica Jofroy Fabrice Sanguebe-Nadji, miembro del personal de ACNUR sobre el terreno.

«La llegada de un número significativo de refugiados ha puesto presión sobre recursos que ya eran limitados de por sí». El agua y los servicios básicos se han vuelto escasos.

«Entraron de noche y mataron al niño. No pudimos encontrarlo».

En Korsi, el barrio de refugiados donde ahora vive Nafeesa, las organizaciones humanitarias han creado un delicado ecosistema. «Esto no es un campamento», explica Sanguebe-Nadji. «Es un enfoque fuera del campamento, donde los refugiados conviven junto a la comunidad de acogida ».

Aun así, la mayoría de los residentes siguen dependiendo de la ayuda humanitaria —asistencia alimentaria, materiales para refugio, acceso a atención sanitaria y educación— incluso mientras el apoyo financiero disminuye. «La principal dificultad hoy», agregó el funcionario, «es la falta de financiación».

Nafeesa sobrevive vendiendo cualquier pequeño producto que pueda encontrar. «Me dieron una pequeña mesa para el mercado», dijo. «Gracias a Dios, la vida está bien ».

Sin embargo, la seguridad sigue siendo un problema. Aunque el acuerdo firmado en Am Dafock ha reducido las tensiones intercomunitarias a lo largo de la frontera, la violencia todavía se filtra, incluso aquí, en Birao. «El otro día mataron a un niño en el campamento», explica Nafeesa. «Entraron de noche y mataron al niño. No pudimos encontrarlo».

Regresar a Sudán con su madre e hijos está fuera de discusión, al menos por ahora; la guerra se ha llevado su pasado. Pero quedarse en Birao tampoco está garantizado. Sin protección duradera y empleo estable, el desplazamiento sigue siendo una solución temporal, no una solución a largo plazo.

Y así, Nafeesa espera. Como la calma tensa a lo largo de la frontera sudanesa, su refugio perdura, por ahora.

Source of original article: United Nations (news.un.org). Photo credit: UN. The content of this article does not necessarily reflect the views or opinion of Global Diaspora News (www.globaldiasporanews.net).

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