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Source of original article: Marta Capua / Global Voices (es.globalvoices.org).

Una película de 2019 sobre la historia de un bailarín LGBT sigue polarizando fuertemente la sociedad georgiana.

“And then we danced,” (“Solo nos queda bailar”) se rodó en esta nación de 3.5 millones de habitantes del sur de Cáucaso y ofrece una instantánea de la sociedad georgiana contemporánea, incluida a su intolerancia hacía los miembros de la comunidad LGBTQ+. La película cuenta la historia de Merab, bailarín profesional especializado en la danza tradicional georgiana. En su entrenamiento para un papel en el prestigioso Ballet Nacional Georgiano, entabla una relación romántica y erótica con Irakli, otro bailarín, pero la presión social desgarra a los amantes y cuando Merab expone su homosexualidad, piensa en dejar el país.

La película del cineasta Levan Akin es un homenaje a un país que está experimentando cambios rápidos y contradictorios; un país asediado por turistas extranjeros pero también con dificultades económicas para la mayoría de la población, lo que obligó a muchos a emigrar. Es un tributo a los eternos patios de Tiflis, la capital de Georgia, donde los vecinos vigilantes pueden ser una bendición y también una maldición.

Es un retrato de una ciudad cuya juventud rebelde encuentra consuelo en drogas (y en el emblemático club gay Bassiani) y cuya comunidad LGBTQ+ debe vivir sus vidas en secreto, y hasta llegan a contraer matrimonio heterosexual. En este contexto, el amor de Merab por la danza tradicional –“alma de la nación”– y por Irakli están impregnados de tragedia, en una nación que lucha contra el machismo y el patriarcado.

La película ha ganado algunos enemigos poderosos.

Georgia es una nación principalmente cristiana cuya Iglesia ortodoxa está legalmente separada del Estado. Sin embargo, es muy respetada, rica, influyente y comenta regularmente sobre temas sociales y políticos. Su opinión oficial sobre las personas LGBTQ+ es que son personas “desviadas”.

El 17 de mayo de 2013, activistas LGBTQ+ que marchaban en Tiflis fueron atacados por manifestantes de extrema derecha encabezados por lideres religiosos en el Día Internacional contra la Homofobia. Desde 2014, la Iglesia ortodoxa de Georgia celebra el mismo día el “Día de la Pureza Familiar” para luchar contra la que describen como “propaganda homosexual”. Cuando la comunidad LGBTQ+ anunció que celebrarían su primera Marcha del Orgullo Gay en Tiflis, las figuras religiosas expresaron fuerte críticas. El Gobierno anunció que no brindaría ninguna protección a la marcha, lo que llevó a varios aplazamientos durante varios meses y a su final cancelación.

La Iglesia ortodoxa condenó la película incluso antes de que llegara a las pantallas, con declaraciones furiosas durante su rodaje. Cuando se estrenó en Tiflis y en la ciudad costera de Batumi el 8 de noviembre de 2019, manifestantes ultraderechistas, respaldados una vez más por la iglesia trataron de evitar que los espectadores entraran a los cines. Esta vez, el Gobierno reaccionó: envió a la Policía a protegerlos y a detener a los manifestantes, con lo que permitió las proyecciones.

El 6 de noviembre, el Patriarcado de la Iglesia Ortodoxa de Georgia hizo la siguiente declaración, que luego retiró:

საქართველოს მართლმადიდებელი ეკლესია ყოველთვის იყო, არის და იქნება კატეგორიულად შეურიგებელი როგორც საერთოდ ცოდვის, ისე, მითუმეტეს, სოდომური ურთიერთობების პოპულარიზაციისა და დაკანონებისადმი. ამიტომაც ყოვლად მიუღებლად მიგვაჩნია ასეთი ფილმის კინო-თეატრებში ჩვენება.

La Iglesia Ortodoxa Georgiana es, ha sido y será siempre categóricamente opuesta a la promoción y legalización del pecado en general y, en particular, del pecado de Sodoma. Por eso consideramos inaceptable mostrar una película de este tipo en los cines.

Como la iglesia enfatiza su rol como guardián del espíritu georgiano y de la nación, la película fue particularmente sensible dado el rol principal que juega la danza tradicional. Durante el período soviético hasta 1991, esta danza se convirtió casi en un símbolo de cualquier cosa georgiana, en consonancia con el interés de Moscú de representar a los 120 grupos étnicos del país a través de fuertes imágenes folclóricas. En consecuencia, el chokha, la prenda que llevan los bailarines georgianos, ha llegado a simbolizar visualmente a Georgia. Claramente, el principal coreógrafo de la película eligió permanecer en el anonimato, tal vez confirmando las palabras del maestro de baile que en la película advierte sobre “la pureza de la danza georgiana” y “la necesidad de ser varonil”.

Tampoco sorprende el hecho que mientras la película empieza con un archivo en blanco y negro de esas actuaciones, termine con un dramático baile en un brillante rojo sangre, libre de esas reglas y liberado en la expresión.

Otro punto sensible fue que la película fue elegida como candidata a los Oscar 2020 por Suecia; la película ya recibió varios premios y muchos países asiáticos y europeos han comprado los derechos para transmitirla -privilegio raro para una película georgiana según la productora Ketie Daniela.

Durante una entrevista realizada en febrero, Levan Akin, el director sueco-georgiano de la película, cuyos padres dejaron la Georgia durante la década de 1960, se mostró sorprendido por la intensidad de las reacciones de los georgianos a su obra. “Sabía que sería controvertida pero nunca pensé que lo sería tanto: hubo alborotos, gente herida y solo pudimos proyectarla durante tres días” comentó Akin.

El debate público sobre la película es solo el último capitulo de una larga lucha para los derechos LGBTQ+ en Georgia; la primera victoria se obtuvo en 2000, cuando el país despenalizó las relaciones sexuales consensuales entre personas del mismo sexo. Hasta el día de hoy, entre todos los 15 estados pos-soviéticos (excepto los tres estados de los Balcanes que son miembros de la Unión Europea), Georgia cuenta con una de las legislaciones más progresistas en este sentido: en 2014 enmendó sus leyes para hacer de los crímenes de odio relacionados con la orientación sexual un factor agravante en el enjuiciamiento. Si embargo, hay una brecha enorme entre la ley escrita y la realidad que viven los miembros de la comunidad que siguen enfrentándose a la discriminación, los discursos de odio y los crímenes violentos.

Como explicó Giorgi Gogia, director asociado para Europa y Asia Central del Observatorio de los Derechos Humanos, en una entrevista con Global Voices:

Georgia adopted comprehensive anti-discrimination legislation in 2014 that prohibits discrimination on all grounds, including sexual orientation and gender identity. The law also puts the ombudsman’s office in charge of overseeing anti-discrimination measures. The legislation was adopted as part of Georgia’s visa liberalisation action plan with the EU.  At the same time, the ruling Georgian Dream party proposed constitutional amendments defining marriage “as a union of a woman and a man”, thus a ban on same-sex marriage. I am afraid that the growing polarisation in the run up to the crucial parliamentary polls later in the fall might push the ruling party towards more populist stance. Homosexuality remains highly stigmatised in Georgia and is at the epicentre of “culture wars” between progressives and conservatives, with anti-gay elements backed by the Church, often with hateful rhetoric.

Georgia aprobó una amplia legislación contra la discriminación en 2014 que la prohíbe por todos los motivos, incluso la orientación sexual y la identidad de género. La ley también encarga a la Defensoría del Pueblo de supervisar las medidas anti discriminación. Esta legislación se adoptó como parte de un plan de acción para la liberalización de visados con la Unión Europea. Al mismo tiempo, el partido gobernante Georgian Dream [el sueño georgiano] propuso enmiendas constitucionales que definen el matrimonio “como la unión de una mujer y un hombre”, por lo que se prohíbe el matrimonio entre personas del mismo sexo. Me temo que la creciente polarización en el período previo a las cruciales encuestas parlamentarias, que tendrán lugar más adelante en otoño, podría empujar al partido gobernante hacia una postura más populista. La homosexualidad sigue siendo muy estigmatizada en Georgia y es el epicentro de las “guerras culturales” entre progresistas y conservadores, con elementos contra los gays respaldados por la Iglesia, a menudo con una retórica de odio.

Un documental más reciente, “Marcha por la dignidad” (estrenado a mediados de junio y dirigido por John Eames) vuelve a examinar y reflexionar sobre la lucha para los derechos LGBTQ+ en Georgia:

Giorgi Tabagiri, representante del Orgullo de Tiflis, que tiene su propia cuenta en Twitter, dijo a Global Voices que el progreso aunque sea gradual, sigue siendo progreso:

We had great plans for the 2020 Pride March, but after seeing all those events cancelled in Europe, we took the tough decision to call it off. And eventually we decided to launch other activities: rainbow masks in this COVID-19 period, that became very successful to the point that celebrities wore them on state television.

We also distributed  100 large rainbow flags that people used in streets and on buildings, which is a very sensitive issue here. Our office is picketed regularly by far-right groups demanding we take them down. On May 17, we organised an online demonstration against homophobia on Zoom, collaborating with media and broadcasting live on Facebook.

About 120,000 people watched it, which is a large figure for Georgia. Overall, we do see positive changes, including in legislation, but the problem is that it does not translate into social acceptance, so we have a long way to go. The movie “And then we danced” will certainly have a long-term impact in this regard, as more people will watch it. We also need more public figures as allies, but so far very few of them who are LGBTQ+ are out.

Teníamos grandes planes para la Marcha del Orgullo 2020 pero, después de ver todos esas actividades canceladas en Europa, tomamos la dura decisión de hacer lo mismo. Finalmente decidimos lanzar otras actividades: mascarillas con arcoíris en este periodo de COVID-19, que tuvieron tanto éxito que hasta las celebridades las usaron en la la televisión estatal.

Distribuimos también cien banderas arcoíris que la gente usó en las calles y [colgó] en los edificios, algo muy delicado aquí. Regularmente, en nuestra oficina asistimos a las manifestaciones de los grupos derechista que exigen que las retiremos. El 17 de mayo, organizamos una manifestación en línea contra la homófobia en Zoom, colaboramos con los medios y transmitimos en directo en Facebook.

Unas 120 000 personas la vieron, una gran cifra para Georgia. En general, estamos viendo cambios positivos, incluso en la legislación, pero el problema es que no se traducen en una aceptación social, así que tenemos un largo camino por recorrer. La película “Solo nos queda bailar” seguramente tendrá un impacto duradero al respecto, ya que más personas la verán; necesitamos más figuras públicas como aliados. Hasta ahora, muy pocos LGBTQ+ hay salido del armario.

La película de Akin puede ser una ficción, pero el estigma social que representa es mortalmente real. Si las cosas pueden cambiar, tal vez historias como la Merabs e Iraklis del mañana se vean muy diferentes.

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